“A menudo los hijos se nos parecen, así nos dan la primera satisfacción”, dice Serrat en el comienzo de Esos locos bajitos. ¡Para el! Es una canción que suele emocionarme. Aunque en mi caso particular mas que una satisfacción, es una preocupación. Voy a tratar de explicarme.
Uno toma una foto propia en una edad aproximada a la de su hijo, y el parecido suele ser asombroso.
En lo que a mi respecta, la situación se observa decididamente en el caso de mi hijo mayor, Juan. Tiene 6 años y ya podemos vislumbrar una nariz que marcará un sello distintivo. Su segura independencia. Su segura independencia del resto de la cara. La hija de puta se va a alejar sin miramientos. Irá para adelante sin remordimiento alguno, dejando atrás a ojos, pómulos y boca, que hasta ahora son sus cercanos compañeros. Promete, dará que hablar.
En cambio si nos detenemos en Segundo, mi hijo menor, el parecido físico no es tan notable. Tiene mas cosas de la mamá, pero si somos detallistas y volvemos comparar fotos a edades similares, vamos a encontrar que tiene el cabello color castaño claro, finito y bastante rebelde, con rulos grandes. Muy semejante a como yo tenia el pelo a los 3 años. Lo que le garantiza comentarios del tipo ¡Qué rulitos hermosos!”, una dificultad notoria para peinarse, y quedarse pelado antes de los 30.
Pero en realidad estas características físicas no son motivo de preocupación. No tuve ni tengo complejos, y estoy convencido de que tampoco ellos los tendrán.
Ahora, lo que me deja estupefacto, es como los hijos se nos parecen al hablar, en las expresiones que usan y fundamentalmente en el carácter o temperamento. Esto último ya asusta.
Sin ir mas lejos, hace unos días regresaba del trabajo e imaginaba el escenario habitual de cada llegada: el ruido de la llave en la puerta que les anuncia mi llegada y la corrida de los dos para “luchar”, espada en mano, o guantes de box.Yo creo que es violencia acumulada de tanto jugar a la Play Station, ver Dragon Ball, o a los pelotudos de los Powers Rangers y necesitan descargarla. Conmigo. Encima los ataques del más chico caen en su mayoría a la altura de los genitales. Peligrosísimo.
Sin embargo, no fue así. Entré a mi casa y lo veo a mi hijo mayor en el sillón, con cara de enojado, la mirada fija en el televisor, pero sin prestar atención. Las rodillas recogidas contra el pecho, sostenidas por las manos. ¿Que paso?, pregunté
- Y, esta contrariado porque no le salen unas tareas que le dejaron para hacer en el colegio, me contestó mi mujer.
Esta en primer grado y se que no es simple el cambio, una responsabilidad nueva para el. Y ahí es cuando uno se dice a si mismo: “Este es el momento de actuar como padre, de dejar una enseñanza que le quede grabada para siempre”. Entonces fui hasta donde estaba y le pregunté. .-“A ver contame ¿Qué pasa?” -.No me sale el 4, contestó con el ceño fruncido, sin mirarme, y dando por concluido el dialogo.
Crucé una mirada con mi mujer. Ella, cansada, me explicó. No le sale y en vez de tratar de hacerlo hasta que le salga, lo abandona, se frustra y lo deja. Concluyó la explicación con un gesto que dejaba entrever que era el momento de mi intervención definitiva.
Y ahí tenia a mi hijo, desanimado, habiendo desistido de una tarea ante la primera adversidad, sin luchar, sin rebelarse, dejándose vencer por un pequeño obstáculo.
Así que me acerque, me incline hasta que mis ojos quedaron a la altura de los suyos, lo mire fijo, hice una pausa, lo abracé y le dije: ¡Hijo e’ tigre! ¡Igualito a papá!
Uno toma una foto propia en una edad aproximada a la de su hijo, y el parecido suele ser asombroso.
En lo que a mi respecta, la situación se observa decididamente en el caso de mi hijo mayor, Juan. Tiene 6 años y ya podemos vislumbrar una nariz que marcará un sello distintivo. Su segura independencia. Su segura independencia del resto de la cara. La hija de puta se va a alejar sin miramientos. Irá para adelante sin remordimiento alguno, dejando atrás a ojos, pómulos y boca, que hasta ahora son sus cercanos compañeros. Promete, dará que hablar.
En cambio si nos detenemos en Segundo, mi hijo menor, el parecido físico no es tan notable. Tiene mas cosas de la mamá, pero si somos detallistas y volvemos comparar fotos a edades similares, vamos a encontrar que tiene el cabello color castaño claro, finito y bastante rebelde, con rulos grandes. Muy semejante a como yo tenia el pelo a los 3 años. Lo que le garantiza comentarios del tipo ¡Qué rulitos hermosos!”, una dificultad notoria para peinarse, y quedarse pelado antes de los 30.
Pero en realidad estas características físicas no son motivo de preocupación. No tuve ni tengo complejos, y estoy convencido de que tampoco ellos los tendrán.
Ahora, lo que me deja estupefacto, es como los hijos se nos parecen al hablar, en las expresiones que usan y fundamentalmente en el carácter o temperamento. Esto último ya asusta.
Sin ir mas lejos, hace unos días regresaba del trabajo e imaginaba el escenario habitual de cada llegada: el ruido de la llave en la puerta que les anuncia mi llegada y la corrida de los dos para “luchar”, espada en mano, o guantes de box.Yo creo que es violencia acumulada de tanto jugar a la Play Station, ver Dragon Ball, o a los pelotudos de los Powers Rangers y necesitan descargarla. Conmigo. Encima los ataques del más chico caen en su mayoría a la altura de los genitales. Peligrosísimo.
Sin embargo, no fue así. Entré a mi casa y lo veo a mi hijo mayor en el sillón, con cara de enojado, la mirada fija en el televisor, pero sin prestar atención. Las rodillas recogidas contra el pecho, sostenidas por las manos. ¿Que paso?, pregunté
- Y, esta contrariado porque no le salen unas tareas que le dejaron para hacer en el colegio, me contestó mi mujer.
Esta en primer grado y se que no es simple el cambio, una responsabilidad nueva para el. Y ahí es cuando uno se dice a si mismo: “Este es el momento de actuar como padre, de dejar una enseñanza que le quede grabada para siempre”. Entonces fui hasta donde estaba y le pregunté. .-“A ver contame ¿Qué pasa?” -.No me sale el 4, contestó con el ceño fruncido, sin mirarme, y dando por concluido el dialogo.
Crucé una mirada con mi mujer. Ella, cansada, me explicó. No le sale y en vez de tratar de hacerlo hasta que le salga, lo abandona, se frustra y lo deja. Concluyó la explicación con un gesto que dejaba entrever que era el momento de mi intervención definitiva.
Y ahí tenia a mi hijo, desanimado, habiendo desistido de una tarea ante la primera adversidad, sin luchar, sin rebelarse, dejándose vencer por un pequeño obstáculo.
Así que me acerque, me incline hasta que mis ojos quedaron a la altura de los suyos, lo mire fijo, hice una pausa, lo abracé y le dije: ¡Hijo e’ tigre! ¡Igualito a papá!
Muy bueno Doc Chot-o!!! Lo de la nariz IMPECABLE jaja!!! Se ve que Serrat en su afan de hacer algo bonito sólo nos contó la parte buena jajaja!!!
ResponderEliminarjajaja, que buenas tus palabras finales!! casi lograste engañarme, pensé que le ibas a decir un sermón. muy bueno lo suyo Dr. chot-o
ResponderEliminarMe sentí en algo identificada (o en todo), porque tengo un hijo que se rinde antes de intentar el primer esfuerzo y yo le voy por el sermón....me parece que me estoy equivocando, no???
ResponderEliminarNo se si te equivocas. Desde ya que la situacion es un invento, basado en hechos reales(como todo lo que aqui sale). La verdad no se que esta bien o mal, lo unico que se es que los guachos copian todo.Virtudes y defectos.Y eso puede ser gracioso, o preocupar...
ResponderEliminarjajaj!!! Muy buena forma de empezar mi mañana: riendome !! El final impresionante. Y si, virtudes y defectos, en que ellos se nos parecen pueden preocupar...Muy buenoooo!!!
ResponderEliminarJAJAJAJAJAJAJAJA SOS UN CAPO TOTAL!!! JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA
ResponderEliminarme encanto!!!opino como laura..pense que venia de sermon!!!jajjaaaaaa muy bueno!!!
ResponderEliminar