lunes, 30 de abril de 2012

Mi domingo a la tarde

La culpa de mi depresión de domingo tiene forma. Y tiene titulo Siete de la tarde, ya oscureció, se termino. La sensación de vacío gana terreno Pero el tipo, ingenuo, tiene una esperanza. La cena. Una buena cena mirando algo interesante en la tele no estaría mal. Y como si no pasara todos los domingos, pregunto: ¿Qué cenamos?
 –Ah, yo nada, me dice mi mujer. ¿Vas a comer vos con todo lo que comiste?
 - ¿Cómo si voy a comer yo? ¿Qué, ahora es acumulativa la nutricion?. Haberlo sabido, como mucho el viernes y tiro hasta el lunes. Por supuesto que voy a comer.
 –No hay nada
 - ¿Como que no hay nada?-
- No, no hay nada
 - Y los chicos?
- No tienen hambre
- Yo si. Quiero comer. Y ahí viene el golpe mortal. El directo a la mandibula. La orden que significa “Ponete este grillete en el tobillo con esta bola gigante encadenada, tirate y ahogate en el mar de la depresión dominguera.” -Andá a comprarte algo al chino. Me quiebro. Es una suerte que no tenga armas en casa.
 - ¿Y que compro?
- Ya sabés
- ¿Otra vez?
- ¿Preferis pedir una pizza?
-No, tardan mucho. Resignado digo : Esta bien, voy. Y asi, agarro el auto, pongo la radio y escucho porque renunció el enésimo técnico de mi equipo. Estaciono y entro al super. Veo, como siempre a esta hora, que no hay mucha cola en las cajas. Tomo el canastito rojo, me agarro los dedos con esas manijas de mierda y hago el recorrido habitual. Fiambreria primero. Hago el pedido: 200 de cocido. El que atiende me dice: -Tengo el de oferta y el Paladini. -Que se yo, Paladini, Paladini. Después busco el queso mantecoso, ya empaquetado: “Cremoso en ofeta”. Así. En “ofeta”. La maquina que pega el código de barra lo saca así. Lo escribieron mal cuando abrieron el supermercado hace más de 10 años y nunca lo corrigieron. Me angustia "ofeta". Es un presagio de lo que sigue. Un día se los voy a decir: Señor chino, pongan“en oferta” porque en "ofeta" me entristece. Sigo con media de huevos. Y dejo para el final el símbolo, el estandarte. Voy hasta la heladera donde quedan unos pocos lácteos, un yogurt volcado y leche acumulada contra la base porque algún sachet se rompió. Y en el rincón de la heladera, superpuesta con otras, esta. La veo. Me está esperando. Sabe que la odio. Mi enemiga circular salteña hojaldrada o criolla. Si señor, vuelve el lunes. El domingo se cierra y le ponemos La Tapa. La elijo y cuando la estoy por agarrar, otra mano agarra la de al lado. Me separo y lo veo al tipo. Mas o menos mi edad, canasto rojo, los mismos productos que yo. Lo miro a la cara, cansada, el ceño fruncido. Con un movimiento de cabeza le señalo con la pera el canasto y le digo ¿La Tarta de los Domingos? Tuerce un poco la boca y con un soplido suelta un “psssi” y repite “La tarta de los domingos”. Lo dejo pasar primero, y en silencio, marchamos hasta la caja.