–Ah, yo nada, me dice mi mujer. ¿Vas a comer vos con todo lo que comiste?
- ¿Cómo si voy a comer yo? ¿Qué, ahora es acumulativa la nutricion?. Haberlo sabido, como mucho el viernes y tiro hasta el lunes. Por supuesto que voy a comer.
–No hay nada
- ¿Como que no hay nada?-
- No, no hay nada
- Y los chicos?
- No tienen hambre
- Yo si. Quiero comer. Y ahí viene el golpe mortal. El directo a la mandibula. La orden que significa “Ponete este grillete en el tobillo con esta bola gigante encadenada, tirate y ahogate en el mar de la depresión dominguera.” -Andá a comprarte algo al chino. Me quiebro. Es una suerte que no tenga armas en casa.
- ¿Y que compro?
- Ya sabés
- ¿Otra vez?
- ¿Preferis pedir una pizza?
-No, tardan mucho. Resignado digo : Esta bien, voy. Y asi, agarro el auto, pongo la radio y escucho porque renunció el enésimo técnico de mi equipo. Estaciono y entro al super. Veo, como siempre a esta hora, que no hay mucha cola en las cajas. Tomo el canastito rojo, me agarro los dedos con esas manijas de mierda y hago el recorrido habitual. Fiambreria primero. Hago el pedido: 200 de cocido. El que atiende me dice: -Tengo el de oferta y el Paladini. -Que se yo, Paladini, Paladini. Después busco el queso mantecoso, ya empaquetado: “Cremoso en ofeta”. Así. En “ofeta”. La maquina que pega el código de barra lo saca así. Lo escribieron mal cuando abrieron el supermercado hace más de 10 años y nunca lo corrigieron. Me angustia "ofeta". Es un presagio de lo que sigue. Un día se los voy a decir: Señor chino, pongan“en oferta” porque en "ofeta" me entristece. Sigo con media de huevos. Y dejo para el final el símbolo, el estandarte. Voy hasta la heladera donde quedan unos pocos lácteos, un yogurt volcado y leche acumulada contra la base porque algún sachet se rompió. Y en el rincón de la heladera, superpuesta con otras, esta. La veo. Me está esperando. Sabe que la odio. Mi enemiga circular salteña hojaldrada o criolla. Si señor, vuelve el lunes. El domingo se cierra y le ponemos La Tapa. La elijo y cuando la estoy por agarrar, otra mano agarra la de al lado. Me separo y lo veo al tipo. Mas o menos mi edad, canasto rojo, los mismos productos que yo. Lo miro a la cara, cansada, el ceño fruncido. Con un movimiento de cabeza le señalo con la pera el canasto y le digo ¿La Tarta de los Domingos? Tuerce un poco la boca y con un soplido suelta un “psssi” y repite “La tarta de los domingos”. Lo dejo pasar primero, y en silencio, marchamos hasta la caja.