En esta entrega, no esperen una historia graciosa o una observación burlona. No, nada de eso. Voy a usar este espacio como descarga o catarsis. Podría ir a terapia o su nueva y más común variante: contar que siento en Facebook y que todos comenten al respecto y me juzguen y aconsejen. Pero me niego. Además en Facebook hay pocos caracteres disponibles y no tengo poder de síntesis.
¡Que difícil es ser yo!
Esta reflexión la escribí en un papelito hace unos días (y la vuelco hoy acá), mientras estaba en la puerta de mi casa estacionando el auto y tomaba conciencia que no me había llevado las llaves de mi casa cuando salí por la mañana. Así tomé la decisión a la que recurro habitualmente cuando esto me sucede, que es ir hasta lo de mis viejos, que tienen una llave del pasillo que es también la entrada de mi consultorio y se comunica con mi casa. Esto no seria más que un percance para cualquiera, pero cuando es la cuarta o quinta vez que te sucede en el mes empieza a resultar preocupante. Y más aún cuando al regresar noto que tampoco puedo entrar a mi casa por el consultorio. Esto porque advertido de que si alguien entra por el pasillo, como lo hice cuatro veces este mes; también puede entrar a mi casa, decidí cerrar la puerta que da a la sala de espera por dentro. Pero esto también lo olvidé.
Pero este tipo de conducta no es un hecho aislado. Es un síntoma más de un conjunto, que no hacen más que diagnosticar una enfermedad irrecuperable. Realmente hay ocasiones en que no me soporto. No se puede vivir con el stress constante de no saber donde están las llaves de la casa, del auto, los documentos, el celular, o el papel importante que hay que presentar en tal lugar. No se debe mejor dicho. Porque poder se puede, y de hecho así vivo.
El mes pasado, perdí mi celular nuevo. Hermoso estaba. Con línea nueva, de otra compañía, porque el que tenía andaba mal. Recién sacadito. Durante las vacaciones de invierno en Tandil. Creo que me lo robaron en las cabañas, pero conociéndome nadie me lo cree. Y empiezo a dudar yo también. Tuve que ir a la compañía a pedir un nuevo chip, todavía no compre el nuevo teléfono.
La semana pasada perdí mi billetera con tarjetas, registro, canets varios, con todos los contratiempos que esto acarrea. Zafó el documento porque obviamente no lo encontraba antes de salir. Por cierto, también perdí con la billetera el nuevo chip de mi teléfono” robado”, pero ya me da vergüenza ir a la compañía a explicar lo sucedido. Así que estoy con mi teléfono viejo que siempre anduvo mal. Por lo tanto pago 2 abonos de 2 compañías distintas pero no logro comunicarme con nadie.
No es simple créanme. Tengo conductas que no tienen explicación racional.
Nunca tengo tiempo. Entonces hago todo a los pedos, y trato de ganar tiempo en cosas absurdas. Por ejemplo, antes de salir, y con la tele prendida me lavo los dientes y trato de mear al mismo tiempo. El resultado es obvio. No le puedo embocar bien al inodoro dedicado solo a eso, imaginen con el movimiento de lavarse los dientes. ¿Cuánto tiempo puedo ahorrar en eso? Pero lo demencial es que si en la tele había una película digo: ¿Cómo se llama ese actor? No puedo evitarlo. Tengo que encender la compu ir a Google y averiguarlo. Destruí el tiempo ahorrado en el “meocepillado”.
También tengo la creencia de que puedo ahorrar tiempo bajando todo lo que haga falta bajar del auto antes de entrar a la casa en un solo viaje. No importa cuantas bolsas, bolsos, llaves carpetas o papeles haya que bajar. El resultado suele ser desastroso. Las cosas se me caen. Cuando bajo todo,con las dos manos ocupadisimas obviamente no encuentro las llaves de entrada. Se que mis vecinos han visto el penoso espectáculo varias veces.
En ocasiones me es delegada la tarea de realizar las compras de la casa. Nunca, pero nunca compro todo lo que se me encargó. Invariablemente me olvido de algo. Sucede que mi cerebro se comporta con una independencia y un vuelo propio que alarma. No puedo concentrarme en 250 de cocido, 150 de queso y medio de picada especial sin que mi mente vuele a pensamientos ridículos, estúpidos e inservibles. Por ejemplo, una nueva que se me pegó a raíz de una observación de un amigo. Cada vez que voy al supermercado chino de mi barrio me distraigo tratando de calcular la edad de los chinos. De los hombres chinos. No hay manera. Entre los 30 y los 55 son todos iguales. No es como nosotros. No tienen canas hasta los 70. No se quedan pelados, rara vez se ponen obesos y todos, desde adolescentes hasta abuelos se visten como el orto. Y ahí me voy con el cálculo. Al pedo porque después no les pregunto la edad., y la incertidumbre persiste.
Cuando vuelvo a casa el comentario no falla: ¿Y la manteca? Te dije que compres manteca. –Me olvidé. Y de nuevo para el súper.
Insoportable. Me canso de mí. Y no sirve tratar de ser ordenado o metódico. Se nace así. He intentado ser ordenado, anotar las cosas, pero no duro más de 5 días fingiendo ser minucioso. Comportarme con esta conducta, requiere para mi de un esfuerzo y una concentración mayor que la de un cirujano a punto de hacer la incisión. No se puede. Repito, se nace. Y lo he escuchado desde que tenía 7 años: ¡Tenés que ser más ordenado! Es como si me pidieran “Tenés que ser más alto, o “te tiene que crecer el pelo”. No depende de la voluntad.
Un ejemplo final que sirve para dimensionar lo patológico de mi caso. Torneo de futbol, partido terminado, me subo al auto y me voy puteando por como jugamos, y que el arbitro de mierda y el gol que me comí y la puta que lo parió, y un amigo me dice: ¿Vos no viniste con tu hijo?- ¡Cierto tenés razón! Por suerte estaba donde lo dejamos.
Nos fácil, ser yo. No es fácil.
Tenía un buen remate para esto. Pero lo olvidé
martes, 24 de agosto de 2010
martes, 3 de agosto de 2010
Espeto corrido

-¿Acá te parece bien?, pregunto Karina, señalando una mesa de la esquina del salón
-Si, está bien. Lo que no me parece es el restaurante. Pero bueno, prometí que elegías vos, contestó Javier, con su habitual visión negativa de las cosas.
Estaban en un restaurante ambientado estilo gauchesco, pero con “toques modernos”.Repleto. Alejado y por mucho de los gustos de Javier, más afecto a los lugares poco concurridos y menos pretenciosos.
-Acá entonces, dijo Karina despreocupada.
Se notaba que estaba tranquila, que las cartas estaban de su lado .Le había pedido un tiempo a Javier. Una vez más. Definitivo esta vez, pensaba ella. Y la situación no parecía afectarla demasiado. Concentrada en el trabajo, reuniones con amigas y salidas los fines de semana.
Todo lo contrario sucedía con Javier. La necesidad de que las cosas tuvieran un desenlace, lo estaba enloqueciendo. Estaba claramente incómodo, ansioso. No resistió más. Se tragó su orgullo y la llamó para salir y conseguir una nueva reconciliación. Después de una larga charla logró que accediera.
-Este es el lugar del momento, comentó Karina
-Pero es de los que tenés que ir a servirte, argumentó sin mucha convicción Javier, mientras colocaba su campera en el respaldo de la silla.
-Espeto
-¿Quién es Peto?
-No, Espeto corrido se dice, corrigió Karina.
-Está bien, agregó resignado. La ayudó con su campera, y le separó la silla de la mesa para que se sentara, en un gesto caballeresco nada habitual. Pudo percibir que no era su perfume de siempre. Ansioso por ir al grano y jugarse una de las que sabía eran sus últimas fichas, empezó: Mira se que las cosas no vienen bien, pero...
-¿Les explico como funciona el Restaurante Sres.? Un mozo con vestimenta gaucha interrumpió. Vestía bombachas, camisa, chaleco y pañuelo al cuello. Un gaucho. Lo único que no cerraba era un pearcing negro en la ceja izquierda.
-Si por favor, se adelantó Karina
-Son $100 por persona. Pueden acceder al servicio de ensaladas las veces que deseen. Después pasamos nosotros a ofrecer los distintos cortes de carne. Si quieren el servicio Premium que incluye mollejas y otros cortes de primera, son $135. La bebida es aparte. El postre esta incluido.
-¿Qué decís Javier?
-Lo que vos digas, pero no sos de mucho comer no se si llegaras con hambre a...
-Con mollejas. Me apasionan las mollejas, dijo Karina sin dejar terminar la frase, y acá las hacen geniales. Mis amigas me comentaron que son exquisitas.
Javier iba contradecir, pero se contuvo. La imaginó con sus amigas y se ofuscó. Detestaba a sus amigas. Aún en silencio, desvió su vista hasta el fondo del salón, donde un plasma de pantalla plana pasaba imágenes de una doma. La incongruencia más grande que he visto en mi vida, pensó.
-Bueno como te decía, retomó Javier, estoy dispuesto a cambiar, si es lo que...
-¡Para!, ¿Vamos por las ensaladas y la entrada primero? Javier hizo un leve soplido algo molesto. -Vamos, concedió. Mientras se levantaba, se preguntó a si mismo cómo es que habían llegado hasta este punto, casi sin retorno.
Para servirse las entradas había que acercarse a unas mesas que estaban en el centro del salón. La gente, algo apretada, giraba lentamente en derredor de ellas, como musulmanes en La Meca, mientras se cargaban en el plato las diferentes ofertas. Delante de Javier, una señora; casi obesa, no perdonaba ninguna opción. Había construido una verdadera pirámide mezclando ensalada rusa, pollo en escabeche, diversos tipos de hojas verdes, tomates cherry, lentejas con huevo duro, chauchas, varios tipos de quesos y berenjenas, en un prodigio de ingeniería.
A Javier solo le llamó la atención una solitaria feta de jamón crudo, que quedaba en una bandeja. Tomó la pinza para servírsela, pero se distrajo un momento observando a Karina, que le había quedado en frente. Le pareció mas linda que nunca. Cuando bajó la vista, la feta de jamón ya no estaba. Miró hacia su derecha y vio a la señora gorda huyendo con la feta de jamón colgando en la cúspide de su pirámide. Javier calculó que si lanzaba su plato desde allí, podía acertarle en la cabeza. Era bueno con el frisbee. Pero sintió la lapidaria mirada de desaprobación que le lanzó Karina.
Volvieron a la mesa. Javier esperó unos instantes hasta quedar acomodados, y trató de retomar.
-Bueno, lo que quería decirte es que pensé mucho en lo me dijiste la última vez y…
- ¿Una empanadita? Interrumpió abruptamente el mozo
.- Si, gracias, contestó Javier, aguardó a que se retirara un poco el mozo, la miró a los ojos y le dijo con fingida calma..
- Mira lo que decía, es que estoy dispuesto a hacer un esfuerzo por cambiar
-Eso ya me lo has dicho antes
-Si, pero esta vez es en serio. Mira...
-¿Pollo Señores? ¿Gustan pollo? El mozo reapareció, con varias presas de pollo ensartadas como brochette en una espada.
-Bueno dijo Karina.
Javier, sin responderle, clavó la mirada en el extraño plato cuadrado que tenía sobre la mesa y sintió nacer un calor en el estómago. Esperó a que se aleje y volvió a empezar:
- Se que suelo enojarme sin motivos y exploto, y te hago pasar malos momentos, pero hay algo que quiero que sepas...
-¿Vacío Sres.?
No, lleno. Y hasta las bolas, pensó Javier. Empezaba a tomarle algo de bronca al mozo, a los gauchos, a los cuadros de Molina Campos que decoraban las paredes y al propio Molina Campos.
-Si, el pollo no es mi favorito, mejor vacío, dijo Karina ¡Qué pinta tiene!
-Me olvidé por donde iba, dijo Javier. Terminar una frase acá es más difícil que en “Almorzando con Mirtha Legrand”
-No me dijiste nada, no se adonde querés llegar
-No, está bien, trató de serenarse. Pasa que quiero encontrar las palabras justas para demostrar que estoy plenamente...
-¿Asado Sres.? Una vez mas el mozo. Javier, mientras negaba con la cabeza, lo miró con odio. El mozo le mantuvo la mirada.. Luego de un silencio largo Javier soltó:
-¡Te decía que no se puede acá! No puedo comer a mi ritmo, no puedo hablar. ¡Esto es una mierda!
Respiró profundo y trató de seguir: -Te juro que estoy cambiando.
-Me cuesta creerlo, veo al mismo autoritario y egoísta de siempre.
-¿Te cuesta creerlo? Lo que pasa es que me estoy replanteando…
-¿Pechito de cerdo ?Otra vez el mozo.
-¡Escuchame Don Segundo Sombra!, ¿Me explicás como carajo alguien puede comer a la velocidad que traés las cosas?, exclamó Javier mirando fijamente al mozo
-¿Srta. ,Ud.?, dijo el mozo, ignorando completamente la agresión
-No gracias .Ya estoy llena, agregó claramente disgustada por la escena, Karina. El mozo se alejó
-¿Ya estás llena? ¿Cómo que ya estás llena? ¿Y las mollejas?
-Si, entre las ensaladas el pollo, y el vacío estoy llenísima
-¡No ves que es una cagada esto! Te embuchan con porquerías y te llenás. ¡Si yo hablo al pedo!, me haces pedir mollejas.¿Para que? ¿Para que mierda?¿ No ves?
-Lo que yo veo es que sos el mismo de siempre, no entendés. No me entendés.
De un modo insalvable las diferencias afloraron. Como tantas veces.
-Lo único que se es que a vos te llenan la cabeza las pelotudas de tus amigas, manga de víboras que están al pedo y de joda, y nunca se bancaron que se los haya dicho en la cara. Y te advertí que este no era un lugar adecuado. Es un mamarracho que se la da de restaurante de onda, con todos esos pajeros disfrazados de gauchos. ¡El caballo más próximo que vieron fue en una calesita! Concluyó elevando el tono
-El dueño de la verdad. Sos insoportable. Y mis amigas tienen razón. Vos no podés cambiar. Ningún hombre cambia. De todos modos estuvo de más esto. Tenía una última esperanza, pero es inútil. No debí venir. Lo lamento, pero hasta acá llegamos, dijo con los ojos vidriosos.
Karina se despidió con un beso en la mejilla. Agarró la cartera, se llevó el abrigo en la mano y se fue decidida hasta la puerta. Javier, incrédulo, la vio alejarse semitapada por unas boleadoras que colgaban en una arcada.
El mozo que había permanecido a menos de dos metros, se acercó. Javier podía jurar que por un instante se le dibujó una leve sonrisa. Dio unos pasos hacia el y le dijo:
-¿Mollejas Sr.?
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)